LA MOSCA QUE SE CAYO A LA SOPA Hace algunos años, Don Jerónimo que era un hombre alto, de cabellera blanca y manos fuertes vivía junto a su esposa que se llamaba Ana, era delgada y bajita de pelo castaño. Su casa era humilde, toda de madera que resaltaba de las otras por poseer un gran jardín de flores de variados colores, muy bien cuidado. Don Jerónimo era carpintero y con su trabajo había pagado los estudios de sus tres hijos que se habían ido a vivir a ciudades más grandes donde tenían más posibilidades de trabajar. Doña Ana, era una madre y esposa cariñosa, que atendía todos los cuidados de la casa: el aseo, la comida, el de su gato Picasso que era un gato negro, juguetón, y regalón de todos.
Una noche, Don Jerónimo llegó a casa cansado y hambriento, pidiendo su cena, como siempre lo hacía. Su esposa le sirvió un plato lleno de una deliciosa sopa de verduras, acompañada con un trozo de pan recién horneado y un vaso de jugo de ciruelas. Don Jerónimo agradecido, se sirvió su sopa recordando aquellos felices momentos en que a la hora de la cena se sentaban todos a disfrutar de la cena familiar, pero ahora los niños ya no se estaban, sus lugares en la mesa se encontraban vacíos. Doña Ana hablaba entusiasmada cuando comenzó a notar que la cara de su esposo se desfiguraba -¿Qué ocurre cariño?_ Preguntó Ana dulcemente a su marido. - ¡Hay un pelo en la sopa Ana! ¿Cómo no has puesto atención en lo que hacías?, un pelo tuyo se ha caído y no podré continuar tomando esta sopa y quedaré con hambre, dijo molesto con su voz ronca, la que usaba cuando se enojaba. Doña Ana se sintió muy triste y unas lágrimas corrieron por su mejilla. Ella no tenía la culpa que un pelo se le haya caído en el plato de su esposo y se había esforzado mucho cocinando para Jerónimo. Simplemente no se dio cuenta. Tan triste se sintió Doña Ana que decidió viajar a la casa de su madre, Doña María y se quedó allí una semana con ella, intentando dar una lección a su esposo quien había sido tan injusto con ella. En ese instante Olivia, una pequeña mosca, que observaba la situación sintió mucha tristeza por lo ocurrido. Durante esa semana el mismo Jerónimo debía prepararse la comida y ya comenzaba a extrañar a Ana, porque no le gustaban esos menesteres, además, llegaba del trabajo y se sentía solo. Un día Don Jerónimo se preparaba una sopa y Olivia lo observaba divertida y con mucha atención. Lo observaba tan cerca, tan cerca prácticamente colgando de un mueble que estaba sobre la cocina que cuando don Jerónimo se sirvió su sopa en el plato Olivia resbaló y cayó en él. - ¡Que Asco!_ gruñó Don Jerónimo. - No es ningún asco estoy recién bañada y además fue un accidente que me cayera a su sopa_ Alegó la pequeña mosquita, moviéndose e intentando salir porque se quemaba. Es que la sopa estaba muy caliente. - Aparte de quedar sin cena, ¡me estoy volviendo loco!. Escucho hablar a una mosca_ dijo Don Jerónimo totalmente sorprendido y sin creer lo que oía. - Claro que puedo hablar_ dijo la mosca – y yo no tengo la culpa de estar en su sopa, así como la pobre Doña Ana no tiene la culpa de que unos de sus cabellos se haya caído en su comida_ dijo quejándose Olivia, que no tenía pelos en la lengua. - Tienes Razón_ aceptó reflexionando Don Jerónimo. La llamaré para pedirle disculpas y decirle que por favor vuelva porque la extraño mucho_ señalaba, mientras tomaba el teléfono y buscaba en una libreta el número de su suegra Doña María, que era donde se encontraba ahora su esposa. Así lo hizo, llamó a Ana pidiéndole disculpas y ella las aceptó encantada y volvió inmediatamente a su hogar, que también extrañaba mucho. Cuando Ana llegó a la casa se abrazaron tiernamente, diciéndose cuánto se habían extrañado. - Gracias Olivia por tus consejos_ le dijo Don Jerónimo a la mosquita en la cocina sin que su esposa se diera cuenta. - No se preocupe, me alegra que Doña Ana haya vuelto a casa_ respondió la mosquita sonriendo. Desde ese día el matrimonio continuó compartiendo juntos las deliciosas comidas preparadas por Ana y ya no hubo más reclamos por los pelos y las moscas que más de alguna vez visitaron los sabrosos platos del feliz matrimonio.
Sin embargo, cada día Don Jerónimo le hacía un gesto risueño a Olivia a la hora de la cena y no dudaba en pedirle consejos cuando tenía algún problema. La mosca que era muy sabia lo aconsejaba gustosamente, pero como no era nada de tonta, pronto se trajo a toda su familia a vivir a la casa de Doña Ana y don Jerónimo. “Y colorín colorado, este cuento se ha acabado, pero si buscas otro tan hermosos y sabroso encontrarás uno como un perezoso.”
Autor: Lorena Paredes
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